Delicadas

Nota del director

A mi abuela y a sus hermanas les encantaban los árboles, las flores y las plantas. Les hablaban, les hacían caricias, pasaban mucho rato con ellas. Mi abuela se quedaba mirando las ciruelas verdes y pequeñas del ciruelo del jardín como si su mirada lanzara rayos equis de maduración, como si sus ojos tuvieran el calor del sol. Había en el jardín tres rosales. Uno de ellos tenía la rosas con una textura parecida al terciopelo, de un rojo carmín intenso. Estaban tan bien cuidados, se les daba tanto cariño, que un año, un jilguero vino a poner su nido entre las ramas del rosal. ¿Qué energía transmitían esas mujeres para que un jilguero se atreviera a anidar en un lugar visitado diariamente?

Escribiendo Delicadas he descubierto que ese amor que ellas proyectaban sobre las plantas despertaba en mí los celos. Quería que me arrullaran como arrullaban a los rosales, al tilo, a las cintas o a las margaritas. Quería que me acariciaran como acariciaban las hojas del ciruelo. Sin embargo con las personas eran mucho más reservadas. Su trato era cariñoso y cordial, tierno y educado, pero la espontaneidad, la pasión y el ardor que hacían brotar las semillas no lo proyectaban sobre las personas. ¿Por qué?

Bueno, la imaginación y el arte sirven para dar respuesta a esas preguntas que se quedaron sin responder. Mi abuela y sus hermanas pertenecen a la generación que tenía veintitantos cuando estalló la guerra. Desde luego es una generación rota, partida afectivamente, que presenció y participó en la inexplicable lucha a muerte entre hermanos. El recuerdo de todo aquello lo enterraron bajo el silencio. Era muy difícil que te hablaran del pasado. Del pasado reciente, sí. Del de antes de la guerra, también. Pero del pasado concreto del tiempo que las rompió, no. Para mí siempre ha sido un misterio imaginarlas jóvenes. Imaginar cómo eran cuando se quedaron embarazadas, cuando soñaban con el futuro, cuando se protegían, cuando se querían, cuando se peleaban y se perdonaban.

Delicadas habla de ese tiempo que nunca podré conocer y que he querido inventarme. Desde luego estos personajes no son ni mi abuela ni sus hermanas. Y los hombres que están con ellas no son sus hermanos ni sus maridos. Cuando eres pequeño la imaginación completa a toda velocidad lo que no sabes, y creo que Delicadas es una ensoñación que necesitaba fabricar, una deuda pendiente que tenía para poder hablar con ellas, para que me contaran lo que nunca me pudieron contar.

“Abuela, un día me tienes que contar tu vida”, y me contestó “Mi vida no le interesa a nadie” y yo le dije: “A mí sí”. Sobre este “A mí sí” he construido Delicadas, y lo he hecho como me gusta, con fragmentos, trozos, con elementos que en apariencia no tienen relación, pero que configuran un universo en el que un rosal que estaba muerto súbitamente resucita. En el que una costurera pega a la pared un crucifijo con cemento para que no se lo quiten los milicianos. Un padre se quiere hacer amigo de su hija en Facebook. Unas hermanas despiden a su hermano que va a la guerra. Dos amigos, a los que les gusta pasear juntos y en silencio, son acusados de homosexuales y buscan una chica muda para que les haga de carabina. Una pareja ve, impotente, cómo pasa el tren por encima de su perro y luego… Una pintora intenta con toda su alma vender un cuadro. Una mujer necesita la ayuda heroica de sus vecinos para matar un ratón. Dos tratantes de ganado descubren que su asistenta los considera peligrosamente intelectuales. Un percusionista de una banda militar ofrece un concierto de platillos. Un soldado manda a un amigo fotógrafo a casa de su novia para que la fotografíe desnuda. Una abuela narra a su nieto el cuento de Santa Casilda, que convirtió las rosas en panes…

Delicadas es una historia de muerte y de su resurrección. Una historia de primavera en la que la vida lucha con todas sus fuerzas para seguir viva. Una historia en la que vivir es más importante que cómo vivir. Mi abuela creía en el cielo y, al levantarse, lo primero que hacía, antes de visitar las plantas, era mirar hacia arriba. Y al acostarse, lo último, también mirar hacia arriba, mirar la cielo. Mujeres con los pies en la tierra y la mirada en el cielo. Esa ha sido la clave para construir un espacio en el que estos dos elementos, tierra y cielo, aparecen literalmente. Puede que ellas pertenezcan a otro tiempo. Un tiempo perdido. Un tiempo de hombres y mujeres que vivieron entre el cielo y la tierra. Puede que nosotros creamos que ya no somos como ellos. Puede que los miremos como si aquel tiempo esté ya superado. No lo sé. Entre los grandes recuerdos que guardo de mi abuela está el de la fiesta que se montaba la noche que había estrellas fugaces. Sacaban las sillas al jardín y miraban en silencio la noche. Esperaban a que una fugaz se descolgara en el horizonte y, sonriendo, señalaban con sus dedos índices, torcidos por la artrosis, al lugar desde el que, quizás, nos estén mirando ahora. Lo creo realmente. Como un niño al que le dicen: “La abuela esta allí.”

Cuando nos encontramos

Yo llegué a Madrid en 1995 para estudiar dirección de escena en la RESAD. T de Teatre llegó a Madrid, con ¡Hombres!, también en 1995. Yo entonces tenía 23 años, y bueno, cuando vi a aquellas mujeres, tan buenas actrices, tan graciosas, tan inteligentes, tan modernas y tan todo, llevando y trayendo el tema de los “hombres” con humor ácido, que salía del dolor y de la compasión, una sátira humana, con una interpretación seria, con la que te partías de la risa, con aquel espacio en el que no había nada, y no hacía falta nada, ellas que se movían por allí como si hubiesen nacido allí, como si fuesen entes creados por nuestra imaginación, que nos hablaban sin forzar, de verdad. Aquello era de verdad.

¡Hombres! tuvo algo de espectáculo generacional, porque todos los que entonces estábamos comenzando nos acordamos de él. El sketch aparecía de otra manera y Sergi Belbel, que yo había visto en fotos de El Público, se convirtió también en ídolo, y la primera escena que dirigí en la escuela fue la famosa de la ensalada de Caricias.

La historia corta, el sketch, me obsesiona desde hace tiempo. O mejor dicho, los sketches. La superestructura que forman las pequeñas historias. El mundo, la galaxia que crean las formas inconexas. La unidad que se logra a través de lo que en apariencia no tiene unidad. T de Teatre fue una influencia muy importante para mí. Uno de esos encuentros que te abre la posibilidad de un camino.

Y bueno, las casualidades qué bonitas, porque estando nosotros con Sí, pero no lo soy en el Teatre Lliure, en otoño de 2008, vinieron ellos a vernos y ahí se produjo la conexión. Por eso, Delicadas es también la historia de un encuentro, uno de esos encuentros que producen vida.

Alfredo Sanzol

 

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